No podía más de la ansiedad, recuerdo que esa noche casi no dormí. Pero siempre antes de un viaje me pasa lo mismo, ya lo tenía asumido.
Nos íbamos con los chicos del taller de escritura a Bariloche para asistir a la presentación del nuevo libro del profe en el hotel Llao Llao. Apenas nos lo propuso dijimos que si, ¿Cómo nos íbamos a perder semejante viaje?
Para ahorrar en gastos nos íbamos todos en la combi de Nico, Majo tenía una tía con una casa enorme muy cerca del centro cívico y los demás llevábamos cosas para comer y tomar en el viaje.
Habíamos pactado salir el viernes a la mañana así que alrededor de las 9am nos juntamos en el estudio donde se dicta el taller, allá por el barrio de Colegiales. Teníamos varias horas hasta llegar, así que cuanto antes salíamos antes llegábamos.
Por suerte el viaje no tuvo complicaciones de transito. Íbamos escuchando música, contando anécdotas de viajes o leyendo algún que otro cuento en voz alta mientras que comíamos unas ricas medialunas y el mate pasaba de mano en mano.
Insistimos en parar un par de veces para que Nico descanse porque luego tendríamos que cruzar la famosa “Ruta del desierto”, peligroso camino que nos conectaba a Neuquén y donde por casi 200km no había más que ruta en línea recta y un extenso terreno de pastizal a los costados.
Cargamos combustible y agua para el mate en General Acha, un pueblito pequeño en la provincia de La Pampa.
Allí conocimos a Julia y Ernesto, una pareja muy amable que estaba buscando quien los pueda alcanzar a Bariloche ya que, al parecer, se les había pinchado el tanque de nafta
Nosotros vamos para allá, si quieren los alcanzamos. – Dijo Nico.
¡Muchas gracias! Si no es molestia aceptamos la invitación. Tenemos comidas – Y señalo su mochila negra la cual parecía abultada.
Se subieron a la combi y marchamos hacia la peligrosa ruta.
Eran pasadas las 19hs, delante de nosotros el sol iba desapareciendo y el hambre empezaba a hacerse presente.
¿Nadie tiene algo de comer? Muero de hambre. – Dije desde el asiento de copiloto mientras me agarraba el estomago.
Y apenas terminé la frase un golpe en la cabeza me dejó inconsciente.
Cuando pude abrir los ojos vi a mis compañeros al costado de la ruta, algunos llorando y otros desesperados pidiendo ayuda a los gritos.
Nos habían robado las billeteras, los celulares, la comida y el abrigo. ¡Hasta la combi se habían llevado!
¿Cómo se me ocurrió subirlos? ¡Soy un boludo! – Gritaba Nico mientras se agarraba la cabeza.
La escena era desoladora.
Nos encontrábamos en el medio de la ruta mas desértica y peligrosa de Argentina, sin comida, ni abrigo y nadie alrededor para pedir ayuda. Para colmo los autos no suelen transitar por ese camino a esa hora por lo peligroso que es.
Alrededor nuestro solo se escuchaba el viento mezclarse con el pastizal. El frio lastimaba y la noche se hacía dueña de la escena.
Nosotros estábamos solos, ya no teníamos fuerzas y nos sentíamos perdidos. Solo queríamos pasar la noche de alguna manera para llegar vivos al otro día cuando de pronto:
Pssss Pssss – Se escuchaba desde los pastizales - Síganme.
Una sombra se vio a lo lejos, por entre medio de los pastizales, pero desapareció al instante y no se pudo distinguir nada más.
Psss Psss – De nuevo la sombra del pastizal
Rápido, sino no podre ayudarlos. Las bestias van a aparecer en cualquier momento.
Al parecer el tiempo corría. Algunos querían seguir a la sombra y otros preferían no arriesgarse. Lo que si sabían era que ninguna de las dos opciones daba todas las garantías de llegar sanos y salvos a destino.
Finalmente decidimos ir con la sombra, al fin y al cabo quedarse ahí era igual de peligroso. Todos, salvo Majo y Nati que decidieron quedarse. Con una bufanda, una camperita y cualquier otra cosa que tenían a mano trataron de taparse para no morirse de frio.
Los demás caminamos en fila hacia la sombra y seguimos el camino que nos había dejado. Luego de una larga caminata y mucho frio, llegamos a un extenso terreno de tierra con pequeñas chozas.
Parecía un campamento abandonado, todo en completo silencio y tan solo la sombra en el centro.
Ahora si pudimos verla mejor. Era una figura humana de un hombre robusto con una túnica larga y unas plumas que salían de su cabeza
Soy Alca – Hum, cacique de la tribu Pampa. Por favor, descansen aquí para poder volver a su camino con la salida del sol.
Y desapareció con el viento.
No sabíamos si era una trampa o una ilusión.
Caminamos despacio sin hacer ruido hacia una pequeña choza que había a pocos metros de donde estábamos parados y nos metimos dentro, todo en silencio para evitar que alguien nos escuche.
Las chozas estaban hechas de una textura áspera pero gruesa que evitaba que el viento entre.
Nos organizamos para vigilar por turnos mientras otros dormían y rotábamos cada tanto para que todos podamos descansar.
Apenas salió el sol nos levantamos rápido y, nuevamente sin hacer ruido, volvimos al pastizal para poder volver a la ruta, encontrarnos con las chicas y ver de qué forma podíamos llegar a destino.
A paso rápido y mirando para todos lados llegamos al lugar donde todo empezó pero no encontramos ni a Nati ni a Majo.
Lo único que encontramos fue una bufanda en el suelo y una huella enorme al lado.
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